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CASI TRES SIGLOS DESPUÉS, CANALETTO DA QUE HABLAR

Un dibujo hasta ahora no registrado del maestro veneciano llegará a subasta el 21 de octubre en Oxford. Lo estiman entre 40.000 y 60.000 libras. Tiene arquitectura imaginaria, una inscripción al dorso y una historia que todavía guarda preguntas.

La obra, autenticada por el especialista Charles Beddington, está fechada entre 1746 y 1755, durante la estancia inglesa del artista. Podría haber servido como preparación para una pintura relacionada, vendida en Christie’s en 1995. Podría: hasta las hipótesis merecen que no las disfracen de certezas para levantar un título.

Giovanni Antonio Canal, nuestro Canaletto, se hizo célebre por sus vistas de Venecia. También cultivó el capriccio: escenarios donde la precisión arquitectónica se cruza con la imaginación. En esta hoja aparecen una arcada deteriorada, vegetación, un puente precario y restos abandonados junto al agua.

La grandeza se viene abajo, pero la gente sigue circulando. Bastante barrio tiene esa escena: mientras alguno contempla el esplendor perdido, otro necesita cruzar el puente y seguir con su día.

Ahí aparece el oficio. Canaletto consigue que uno se quede mirando unas ruinas sin necesitar una pantalla gigante ni un cartel que ordene «viví una experiencia». El dibujo hace su trabajo. El departamento de marketing puede descansar.

Y, como en las mejores historias de archivo, hay que dar vuelta el papel.

Una inscripción indica que habría sido un obsequio de Canaletto. Se cree que perteneció al compositor e historiador musical Charles Burney y que permaneció en su familia durante generaciones. Esa procedencia se plantea como probable: todavía corresponde conservar el signo de pregunta.

Mirtha instaló aquello de «como te ven, te tratan». En el mercado del arte, también pesa quién estudió lo que tenés delante. Una atribución fundamentada cambia la conversación; el entusiasmo del dueño, por sí solo, no autentica nada.

La noticia volvió a circular esta semana en Artnet y Smithsonian, aunque ya había sido anunciada en septiembre. Tampoco apareció ayer entre dos facturas del gas: conviene que el apuro por la novedad no nos dibuje la historia.

El 21 conoceremos el precio. Mientras tanto, queda algo más interesante: detenerse en los trazos, seguir las figuras y preguntarse cómo una ciudad inventada puede resultar tan familiar.

 Sería una pena que una hoja sobreviviera casi tres siglos para que nosotros apenas le viéramos la etiqueta.

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